
Hay un tipo de hielo que se quema y produce energía; un hielo que no se compone de agua y que se encuentra por doquier, sobre todo en el fondo de los mares. Hablo de los hidratos de metano, vale decir, de gas congelado. Para los expertos reunidos en la cita anual de la Sociedad Americana de Química en Salt Lake City (EEUU), este hidrocarburo más “limpio” será estratégico en la transición hacia un modelo energético más sostenible.
La curiosa sustancia con la textura de un sorbete se halla bajo el lecho marino dentro de celdillas de hielo llamadas “clatratos”. Surge del contacto del agua con el metano originado de la descomposición orgánica, a temperaturas muy bajas y presiones muy altas (condiciones habituales en las honduras oceánicas y el subsuelo ártico). Y si se le acerca una cerilla encendida, prende en llamas.
En ocasiones, puede liberarse de su trampa subterránea y subir a la superficie. Se especula que la desaparición inexplicable de algunos barcos podría deberse a la irrupción fulminante de enormes burbujas de metano (especialmente en el Triángulo de la Bermudas, cuyos fondos se sospechan que encierran vastas cantidades de gas helado).
Los investigadores no cesan de descubrir hidratos de gas en distintas partes del mundo: Estados Unidos, India, Japón… y en aguas españolas. Prácticamente no hay plataforma continental sin vastos depósitos. Solo los hidratos encerrados en el permafrost de Alaska garantizarían la calefacción de 100 millones de hogares durante una década, anunció en ‘Salt Lake City’ el geólogo Tim Collet, del ‘U.S. Geological Survey’. Se calcula que los hidratos de todo el mundo equivalen a 72 veces las reservas convencionales de gas natural, o sea el doble de las reservas de gas, petróleo y carbón juntas.
Aunque al hielo que arde se le conoce desde principios del siglo XIX, no fue hasta 1982 cuando una expedición científica logró extraer una cuantiosa muestra de hidratos de gas cerca de las costas de Guatemala. La proeza supuso la señal de largada para un programa de I+D centrado en lo que se perfilaba como una nueva fuente de energía.

La crisis ha llegado ya, y previsiblemente seguirá con nosotros todavía un tiempo. ¿Cómo va a afectar al sector de la energía? ¿Y cómo se debe actuar? La crisis es, en gran medida, de naturaleza crediticia. Los tipos de interés podrían muy bien ser más altos en el futuro que durante la última década. También es previsible que los precios de los combustibles sean mayores, pero si se materializa un descenso de la actividad económica (y por tanto de la demanda) es posible que no lo hagan en la misma medida. Por otra parte, la existencia de un período de incertidumbre económica hará menos atractivas las inversiones que requieran plazos largos para su amortización.
En escenarios de este tipo las tecnologías energéticas intensivas en capital perderán atractivo frente a aquellas intensivas en el uso de combustible. Más específicamente: en el sector eléctrico las energías renovables y la nuclear serán menos atractivas (¿aún menos atractivas?) que ahora frente a centrales de gas natural o carbón. Coches menos eficientes, pero más baratos, serán más atractivos (¿aún más atractivos?) que ahora frente a vehículos híbridos. Casas mal aisladas, pero más baratas, serán más atractivas (¿aún más atractivas?) que ahora frente a casas energéticamente eficientes.
Las administraciones públicas están también en crisis. Por tanto cabe esperar una tendencia a la disminución de subsidios y programas de apoyo público, y en paralelo quizá la tendencia a aumentar las cargas sobre consumidores y contribuyentes. Desde el punto de vista del sector eléctrico, parecen estar acabándose ciertas alegrías en subsidios a las renovables (por ejemplo, a la energía fotovoltaica). Parece también difícil que estos subsidios sean transferidos de las tarifas a los presupuestos del Estado, al menos en el corto plazo. El plan VIVE de apoyo a la compra de coches con nivel bajo de emisiones ha fracasado. Su sustituto tendría que ser más atractivo y por tanto, presumiblemente, más caro para el Estado.
Y en cuanto a la construcción, mucho tiempo ha de pasar antes de ver una etapa que recuerde la expansión de la que acaba de terminar. Nos ha dejado un montón de viviendas no siempre energéticamente eficientes. Quizá se pudiera aprovechar para arreglar, también energéticamente hablando, lo que ya tenemos. Pero, ¿estamos dispuestos a gastar todavía más dinero en nuestras casas? …