La bebida más universal de todas se sirve en lujosos envases de diseño y ha logrado introducirse en las cartas de los mejores restaurantes. Puede degustarse con o sin gas, aromatizada, oxigenada y de los manantiales más inalcanzables
Hay quien ya se ha apresurado en llamarla el ‘oro azul’, haciendo una comparativa con el petróleo. La verdad es que por el camino que va razón no les falta. El agua embotellada se ha convertido en los últimos años en un auténtico negocio, y en un bien que mezcla la primera necesidad, la salud y el lujo. Ha dejado de ser inodora e insípida y ahora, huele y sabe a limón, manzana o mango. Se vende, por un lado, en hipermercados y, por otro, se está abriendo un hueco importante en el mundo de la hostelería. Además, su reputación ha subido por las nubes en contraste con el agua de grifo, cada vez más despreciada. ¿por qué este auge de consumir agua embotellada?
Las empresas agroalimentarias lo achacan a la creciente preocupación de la sociedad por cuidarse y estar sano. De esta manera, cada vez son más los establecimientos que se apuntan a la tendencia de ofrecer agua repleta de ‘glamour’ en envases de diseño. Y así como los exóticos ‘cocktails’ o los selectos vinos, el agua ha logrado posicionarse como un producto ‘gourmet’ que se ofrece en los bares más exclusivos del mundo. En la carta de estos restaurantes el agua toma sus más diversos sabores para ser degustados por paladares exquisitos: agua con y sin gas, aromatizadas con esencias de frutas o hierbas, oxigenadas y de los manantiales más inalcanzables. ¿Cuál es realmente la diferencia de calidad entre el agua de grifo y la envasada?

FABRICAR UNA BOTELLA DE AGUA MINERAL DE UN LITRO GASTA OTROS CINCO
Beber mil litros de agua del “súper” cuesta 400 euros, y sólo un euro si es de grifo – Greenpeace pide volver a la jarra en los restaurantes
MADRID, 01-AGO-2008
El proceso industrial que requiere producir una sola botella de agua mineral de un litro exige otros cinco litros de este “oro transparente”, lo que la convierte en un producto insostenible, además de “totalmente absurdo”, según opina Greenpeace.
“Es un sinsentido”, afirma Julio Barea, responsable de la Campaña de Contaminación de la ONG, para quien este negocio constituye “una absoluta locura” que, “desgraciamente, va en aumento”.
A ese gasto de agua para la fabricación de este producto hay que añadir, según Greenpeace, su coste energético. Según Barea, el transporte de las botellas vacías gasta alrededor de nueve gramos de combustible por tonelada y kilómetro y emite 17 gramos de gases de efecto invernadero por tonelada y kilómetro.