El agua, riqueza del futuro

Agua riqueza del futuro

El agua, riqueza del futuro

Tal vez no ocurra en la presente década; o en los próximos quince o veinte años. Tal vez tengan que pasar varios lustros, pero su llegada es inevitable, y su presencia catastrófica, salvo que se adopten medidas extremas contra su advenimiento, si es que aún es tiempo. Me estoy refiriendo a la desertización de buena parte del planeta, maléfica lotería para la cual nuestro país, y más concretamente nuestro archipiélago, tienen adquiridos bastantes décimos.

Hoy por hoy, la pauta de la economía y el desarrollo industrial del mundo la marca el fluir del petróleo y sus avatares bursátiles, pero llegará, al decir de no pocos científicos y expertos en medio ambiente, el día en que el “oro negro” cederá su puesto a la humilde y sencilla molécula compuesta de oxígeno e hidrógeno, sin la cual no es posible la vida en nuestro entorno. Y me refiero no sólo a nuestro planeta, sino a un ámbito de incontables millones de kilómetros, incluso años-luz, de diámetro.

En un futuro no bien definido aún, el agua será la sustancia más afanosamente buscada y su posesión, en mayor o menor abundancia, será la pauta de separación entre países ricos y países pobres. De hecho, ya lo está siendo en bastantes lugares de la Tierra.

El programa de las Naciones Unidas para el medio ambiente señala la desertización como un fenómeno de degradación de la tierra en zonas áridas, semiáridas y subhúmedas secas, derivado de los efectos negativos de “actividades humanas”. Por este fenómeno desaparecen cada año del orden de seis millones de hectáreas de tierras productivas con pérdidas millonarias por la decreciente productividad agrícola, que es la base primordial de la alimentación humana, no importa cuál sea el nivel de riqueza de las distintas comunidades.

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